Perdida

No olvidaré el día que me pasó. Una noche de invierno, estaba en el gimnasio y  por mi mente pasaban todas las cosas malas que me habían pasado ese año…y se cerró mi pecho, no podía respirar, los ojos se me llenaban de lágrimas, literalmente no podía respirar y no era producto del ejercicio. Se llama ataque de pánico.

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Siempre recordaré el 2012 como un año “negro”, todo me salía mal. Se suponía que debía ser un nuevo inicio, había terminado la universidad, por fin iba a hacer lo que más quería, podría estudiar teatro, había ingresado a una de las escuelas más prestigiosas de Nueva York…Sin embargo estaba pasando todas las tarde viendo televisión, serie tras serie, película tras película, no tenía ganas de nada, quería que sea de noche para dormir y no pensar, que los días pasen y pasen. Creo que lo peor que nos puede pasar como seres humanos es perder las ganas de vivir, de disfrutar los días, y yo lo estaba perdiendo todo. No lloraba, no decía nada, pero sentía que todo lo que había hecho hasta ese momento no había servido de nada, era desesperante no lograr lo que quería y saber que llega un punto en el que no depende de ti, que no importa cuánto luches y luches, hay veces que no obtienes lo que buscas.

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Fue en ese momento que me perdí, perdí el norte, no sabía qué quería de la vida. Creo que nunca me he sentido tan pequeña e insignificante en el mundo. Estaba en el suelo, y cuando empezaba a levantarme, llegaba otra cosa y me volvía a tumbar. Siempre he sido sentimental, lloro por todo, pero ese año lloré las lágrimas más amargas de mi vida. Sentí la desesperanza, desilusión y desesperación en cada milímetro de mi cuerpo. La chica alegre y positiva que todos conocían, que yo conocía, se estaba desvaneciendo y sentía que no podía hacer nada, lo peor era que nadie se daba cuenta y yo no hablaba. Era como si en cada paso que daba pedazos de mí se iban perdiendo y no lograba recuperarlos, estaba tocando fondo, más abajo de lo que pensé que existía. No quería aceptarlo, no quería psicólogos ni psiquiatras, quería yo sola salir de eso. Y creo que ha sido lo mejor que me ha pasado, es en ese momento, cuando estás tan abajo que no sabes cómo vas a salir, ese instante en el que crees que todo está perdido, que recuerdas que es más oscuro antes del amanecer. Empecé a librarme de las personas con mala vibra que me rodeaban, me convencí de que dejar algo que no te permite crecer no es rendirse, es simplemente buscar otros caminos. Y principalmente me di cuenta que lo que no depende de uno mismo, es eso, algo ajeno a nosotros, y hay que dejarlo ir. No dejar ir nuestros sueños, eso está prohibido, pero debemos aprender a dejar ir algo para que venga otra cosa mejor.

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Podemos luchar y luchar, y eso es excelente, es lo que siempre debemos hacer, pero cuando algo no sale como deseamos no nos podemos quedar viendo a la puerta que se cerró. ¡Hay ventanas que se están abriendo detrás y las lágrimas no te dejan verlas! Vas a caer y llorar, vas a sentir que no sirves para nada, pero luego vas a mirar arriba y levantarte y vas a recoger los pedazos de tu corazón, todos tus sueños rotos, los unirás y volverás al ruedo. Pero no volverás debilitada de la caída, estarás recuperada y con más fuerza, porque sabes lo que te espera. Debemos aprender de todo lo que nos ocurre y fijarnos en el presente. Nos pasamos la vida lamentándonos de lo que hicimos o no hicimos, esperando a que mañana pase algo que deseamos, y ¿qué vivimos hoy? Cada segundo cuenta, sólo tenemos una vida para ser feliz.

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Poco a poco empecé a recuperar la confianza en mí misma, pude sonreír de verdad, ya no era una máscara, me estaba sintiendo feliz de nuevo. Por momentos pienso en ello, y literalmente veo una luz al final del túnel, no tengo otra forma de explicarlo. Desde el día que sentí que había retomado las riendas de mi vida, que sentí que estaba lista para intentarlo de nuevo, decidí no tumbarme otra vez. No es que nunca me sienta mal, no tengo todo resuelto, hay días que ni sé lo que hago, pero decidí no rendirme. Quiero dar todo de mí y sé que si algo no pasa, es porque viene lo mejor. No estaría donde estoy si no hubiera estado tan deprimida y perdida hace casi tres años. Peor aun, no sería la persona que hoy soy. Más bonito es un libro con borrones, páginas arrugadas que han vuelto a ser leídas, un poco de tierra de todas las veces que se ha caído. Son las cicatrices que muestran que la vida fue disfrutada al máximo, cómo un libro cuando es asombroso.

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